Recortes de Prensa 2013 - III - Ilustre y Piadosa Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado y María Santísima de la Amargura. (Córdoba - España)

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Recortes de Prensa 2013 - III

Estación de Penitencia > Año 2013

El azul que destierra al gris
LUIS MIRANDA
Día 25/03/2013 - 10.20h

Tras una tarde de desafíos vencidos a la lluvia, un chaparrón obliga al Rescatado a volverse y a la Esperanza a acortar el camino

Al abrigo de la noche, que no pinta nubes negras y menos si está la luz de unos candelabros de por medio, parecía que todo había sido una bendita locura, un desafío que tenía que salir bien porque el corazón siempre le puede a los malos presagios, y a los agoreros no había ni que nombrarlos. Al abrigo de la primera noche, sobrevenida para un Domingo de Ramos que nació tarde y se fue desangrando temprano y sin que nadie le pudiera taponar algunas heridas, parecía que las crónicas iban a contar el arrojo de las hermandades que tuvieron la fe para esquivar a una mala nube en la tarde y para buscar el claro en que no llovía. Y en parte lo fue, pero no para todas.

Quién iba a pensarlo en el momento en que no había más luz que la de la Candelaria y el cofrade inquieto que veía alejarse, todo rojo y todo oro, su paso de palio, pensaba en lo que le había dejado la Virgen y lo que le estaba dejando a su vez a todos los que le disfrutaban el rostro en ese momento. Quién iba pensarlo cuando los naranjos hacían de campana natural para quitar todas las luces artificiales y aumentarle la angustia y la ternura al Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes. No había que mirar al cielo porque la luz estaba abajo y todo el mundo se olvidaba de que había nubes y de que tenían algo que decir.

Quién iba a pensar por la mañana que a cierta hora iba a empezar a terminarse el Domingo de Ramos, que cuando parecía que se había ganado tenía que llegar la derrota más dolorosa. Podía haber un mal pálpito, pero se evaporó con los primeros nazarenos de la Borriquita por San Lorenzo. Sorprendió el Señor de la Entrada Triunfal en sus bodas de oro, con un pañuelo sobre la cabeza, llamado talit, de carácter religioso, y por lo tanto también sin potencias. En la clara mañana las flores blancas, novedad en el primer paso de la Semana Santa, parecían una invitación al gozo.

La Virgen de la Palma, con claveles y rosas de pitiminí, ambos en color rosa, era como una confirmación de que todo era posible, de que igual que se había ganado el año pasado a los malos presagios se iba a hacer esta vez. Quién iba a pensar, en sus saludos a San Pablo y San Andrés, ya de vuelta a San Lorenzo que iba a terminar el día con algunas lágrimas.

A las tres salió el Amor y cuando todavía no llevaba una hora en la calle llegó la primera prueba. Empezó a llover en Córdoba, y nadie podía decir que no lo esperara. Fue un chispeo que no llegó a diez minutos, que llegó por el oeste, por donde siempre vienen las nubes negras, y que dejó a todo el mundo colgado del cielo. A la cofradía del Cerro le pilló en la calle, entre su gente, y bien saben que la suya no es una hermandad que se asuste por unas gotas. Al Señor del Silencio y al Cristo del Amor los cubrieron con plásticos, pero al llegar a la Virgen casi no merecía la pena, porque había dejado de chispear, que fue lo que pasó.

Todo el mundo miró entonces a los barrios históricos. La calle Agustín Moreno, que se llamó del sol quizá por su condición de buen observatorio, era todo un pasillo para ver lo que podía pasar, y quienes aguardaban no podían dejar de mirar arriba.

La cofradía de las Penas debía salir a las 16.45, pero se pidió media hora, que fue un poco más. A medida que se agotaba el plazo, por el trozo alargado del firmamento llegaba una nube negra y de mal presagio, pero también un claro de azul y blanco, como si quisiera confirmar que las predicciones se cumplirían y que apenas caerían unas gotas durante toda la tarde para salvar el Domingo de Ramos.

Cuando el Cristo de las Penas estaba en la calle, en los primeros compases de la emoción de su barrio, estaba lloviendo. Algo más que un chispeo, pero tampoco nada que tuviera que asustar a nadie, y quién iba a pensar en lo que tenía que pasar después. No podía llover porque era el momento eterno, el de cada año, el de la cruz a la que se agarran las manos que salen de los balcones, el de la música, el de las petaladas que no despiertan al Señor del sueño, el de la silueta recortada en el azul.
Petaladas

No llegó a la mitad de la calle con los iris impolutos porque a esas alturas los suyos ya le habían demostrado el cariño con las petaladas. La Virgen de la Concepción, otra vez con sus eternas camelias, se encontró con el sol que le llena cada Domingo de Ramos por su calle. A esas alturas las cofradías ya habían llegado al acuerdo de que si la primera iba a entrar en carrera oficial media hora tarde, también se tomarían este mismo tiempo las demás, lo que el Amor hizo en la Catedral.

A esas horas no había ningún aire que fuera distinto a otro Domingo de Ramos. La segunda en ponerse en marcha fue la cofradía de Jesús Rescatado, con la alegría primero de la Virgen de la Amargura y después con la solemnidad del Señor, ya con la estampa de su monte de iris morados en buena sintonía con la túnica. Quién iba a pensar que aquella estampa tan de Domingo de Ramos iba a terminar con un regreso antes de tiempo.

La calle de la Feria esperaba a su cofradía del Huerto y compareció poco después de las siete y media, justo la hora en que el Domingo de Ramos se sabía inmortal y eterno y había que dar gracias al mismo cielo al que miraba el Señor de la Oración, doliente y expresivo. Llevaba de nuevo la túnica blanca y el mantolín bordado que fueron característicos durante muchos años y subió como si nunca se hubiera terminado el Domingo de Ramos en mucho tiempo.

Se notaba el cambio en los faroles del Amarrado a la columna, ahora más rotundos y llenos de luz y antes más verticales y acentuados con el severo perfil del paso. El cielo se había vuelto blanco y el Señor lo miraba con el dolor por lo que sufría y los claveles del monte teñidos del rojo de la sangra derramada.

Apenas quedaba luz del Domingo de Ramos cuando salió la Candelaria, y eso en Semana Santa se agradece cuando la luz de las velas lo llena todo con su oro. Rosas blancas en las jarras y una armonía subiendo la calle de la Feria. Gustaron sus nuevos candelabros, de origen palaciego y que parecen como hechos a la medida para iluminar el completo conjunto. Con cornetas ascendía por una calle que apenas parecía cuesta.

A esas mismas horas estaba saliendo la Esperanza. Muchos la recordaban asomándose de noche al atrio de San Andrés, otros muchos en las primeras horas de la tarde. Con majestad se bañó de Domingo de Ramos el Señor de las Penas en la plenitud de la música. Lucía túnica blanca sobre el friso de flores rojas. La Virgen venía otra vez presa en la levedad y en los gladiolos, y la luz de la candelería le iluminaba el rostro de una forma especial, con lo que más de uno pensaba si no habría valido la pena el pequeño retraso para contemplarla siempre de esa forma.

A esas horas subía el Amor por la calle de la Feria, también en la intimidad presa de los naranjos. El misterio del Señor del Silencio avanzaba con la forma de andar que siempre lleva hacia San Francisco, donde se refugió en su primera salida. El Cristo del Amor volvía a convocar detrás a todo su barrio y la Virgen de la Encarnación bajaba con gracia desde la Catedral justo en el momento en que alguien miró al cielo y vio una nube del color que no quería. El Señor de las Penas estaba en la calle Capitulares cuando empezó a llover. Faltaba poco para las ocho y media. Otra vez la misma impresión de una nube que está de paso y que deja un rayo de luz en el horizonte. Otra vez la impresión de que por segunda vez se le iba a ganar la partida a la lluvia. Al cabo de diez minutos de paraguas abiertos dejó de llover, pero poco después volvió.

La Esperanza se había detenido en la carrera oficial. La Virgen de la Amargura no llegó a enfilar Juan Rufo, giró por Hermanos López Diéguez para volver a casa con su cofradía. El Señor de las Penas siguió por la carrera oficial y se refugió en el instituto Góngora. El Domingo de Ramos parecía marcharse de entre las manos. La Virgen de la Esperanza pudo haberse refugiado también, pero la cofradía decidió seguir y volver por Alfonso XIII sin pasar por San Zoilo ni el Bailío, pero arropada por la misma multitud que no la dejó en todo el camino. Las Penas pasó el chaparrón en la Catedral y el Huerto lo aguantó en la Judería, y las dos volvieron por los caminos previstos, igual que el Amor, que pasó por la carrera oficial a la hora en que el Domingo de Ramos tenía que haber triunfado y estaba truncado. Quién iba a decirlo.

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