Pregón Hermanamiento Cofradías del Domingo de Ramos - Ilustre y Piadosa Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado y María Santísima de la Amargura. (Córdoba - España)

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Pregón Hermanamiento Cofradías del Domingo de Ramos

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PREGÓN DEL DOMINGO DE RAMOS CON MOTIVO DEL HERMANAMIENTO ENTRE SUS COFRADÍAS


Miguel Ángel de Abajo Medina
Iglesia de la Magdalena
Córdoba 21 de Febrero de 2009


Buenas noches señoras y señores:
Quiero daros las gracias, hermanas y hermanos del Domingo de Ramos, por haberme invitado a participar en este día de hermanamiento en el que deseáis profundizar y estrechar vuestros vínculos fraternos. Gracias también a mi buen amigo Paco Pérez, que una vez más se ha mostrado excesivo y generoso en sus palabras hacia mí.

Seis cofradías: la Borriquita, El Amor, Las Penas, La Esperanza, el Huerto y el Rescatado llevan muchos años dando forma a un día que es más que un tiempo y un plazo de 24 horas en el reloj. Ese tiempo y esas horas son, para los que amamos la Semana Santa, el día más deseado, el más esperado, el día de la ilusión, el Domingo de Ramos.

Esas 24 horas, que pasan como una flecha veloz en un instante, necesitan todos vuestros esfuerzos, vuestra dedicación, vuestra atención, vuestra reflexión... Son 24 horas de Ramos y Domingo muy absorbentes. A muchos de vosotros ese plazo de un solo día os roba días y días de descanso, de dedicación, incluso, a vuestra vida familiar y laboral. Es un día que vale como cientos en vuestras preferencias y opciones.

Por eso yo, que como tantos otros vivo ese día desde la acera, con muchísima ilusión también por que llegue triunfante de sol y cielo raso, pero sin haberle puesto el afán, las manos rotas, el desgaste, el insomnio, ni el cansancio, os doy las gracias, hermanos del Domingo de Ramos, porque nos dais a todos los cofrades el mejor de los regalos:
Vuestra presencia en medio de las calles, el paso de los niños, de las palmas, de los cirios, las flores, los varales, las zapatillas, el sudor de los costales, la saeta, la música encendida... para mostrar, a plena luz, que Dios se ha hecho carne en la carne de María que cruza el río y Puente del Romano; que Dios es Esperanza en las saetas que se tejen de maya entrevarales; que Dios riega, en su faz de porcelana, purísimas camelias que tiemblan en la fuente de unos ojos Desamparados de luz y de consuelo; que Dios es una llama en Candelaria para alumbrar caminos y senderos; que Dios nos abraza, porque es Padre, si la Amargura ahoga nuestro cuello; que Dios, el Dios de Amor, se nos acerca porque somos sus hijos, los más pródigos, y nos libera, nos desata pies y manos pues, con las Penas de su cruz, las nuestras ha Rescatado; que Dios bebe su cáliz en el Huerto, que estruja sus venas gota a gota Amarrado de azotes, mientras que humilde mira al suelo en su Silencio, callando ante la burla y el desprecio de Herodes...

Esto mostráis en la calle este día que empieza entre la Palma, la Victoria y los acordes de una Entrada Triunfal por puerta grande levantada entre hosannas, cornetas, aleluyas, campanas, ramos y mantos en el suelo... Y en el cielo: la luz de un sol radiante bordado azul turquesa de Ramos y Domingo.

Con cuánta suavidad oscila el fleco de bellota cuando los cuatro zancos descansan en el suelo. La estructura del palio se relaja, respira, se oxigena, y entonces, la cera pura deja sentir su olor de miel silvestre. Si tenemos la suerte de que no suene un móvil en ese momento de sublime paz ante un paso y su palio, habremos asistido a uno de esos momentos inasibles en que se llena el espíritu y se alimenta nuestro apetito voraz de estética cofrade. La estética, la dichosa estética que tanto nos preocupa y ocupa a los cofrades: las proporciones, la medida justa, el equilibrio exacto, la simetría en la cera y en las flores, la concordancia entre el luto o el silencio, y la bulla santa, es, muchas veces, objetivo final, el fin de nuestros anhelos de cofrade.
-          Ese cirio está torcido.
-          Fíjate, el tocado parece que se lo ha puesto el gato del sacristán.
-          Pues...¿ y qué me dices de las flores?.
-          ¡Qué barbaridad, cómo se pueden poner astrosilicantrumbelias a un palio de cajón!
-          De cajón que no se le pueden poner astrosilicantrumbelias a un palio de cajón.
-          En Sevilla le ponen astrosilicantrumbelias a los palios de  bulla.
-          ¡Qué barbaridad, que barbaridad y que barbaridad, es que no se pueden poner las flores tan astrosilicantrumelicamente mal!...

El mundo cofrade de la estética está lleno de supuestas barbaridades que son, muchas veces, sal y pimienta de los debates y los foros. Pero no están los tiempos para perdernos en la rocalla de la estética, siendo ésta muy importante, y desentendernos de lo que debe sustentarla.

La Semana Santa, quizás, nunca ha sido tan apoyada como ahora. Es apoyada como reclamo turístico porque llena los hoteles. Eso está muy bien, y todos nos alegramos de que, por añadidura, nuestra celebración produzca esos frutos, esa acción social, esa riqueza, ese desarrollo.

Pero las cofradías no están para eso. Si las cofradías estuviesen para eso, para llenar hoteles y crear riqueza, podrían dejar de existir y que se encargara de las procesiones una fundación cultural que las pusiera en marcha una vez al año, como se pone en marcha la Cabalgata de Reyes ¿Os gustaría, cofrades del Domingo de Ramos, que vuestros cortejos penitenciales se acabaran pareciendo a la Cabalgata de Reyes, tal y como la vemos en los últimos años?

La Cabalgata de Reyes es un claro ejemplo de la monstruosidad a que puede llegar la incultura, y, sobre todo, la incoherencia entre la forma y el fondo. Si se conociera el fondo de la Cabalgata, no se le daría esa forma. Si hubiera un nivel cultural mínimo, mínimo, en su organización, no se mezclaría al Pato Donald, con el Evangelio de San Mateo.

Por algunas calles se pasea un autobús que dice que “probablemente Dios no existe”... Qué amargura respira ese siniestro tren de la bruja que no va a ninguna parte. A cambio, las cofradías circulan en las calles y en las plazas diciendo todo lo contrario. Molesta un crucifijo en una escuela, un belén en un colegio. Pero a quienes les molesta esto, no les molesta un testimonio sobre un soporte público, público, que se ríe a mordiscos de la esperanza sencilla. No vale la pena rasgarse las vestiduras por anuncios como los de ese autobús hacia ninguna parte. Sí vale la pena actuar según la existencia de Dios, esa es una respuesta contundente, a tan amargada publicidad.

ORÍGENES DEL DOMINGO DE RAMOS
La entrada de Jesús en Jerusalén se hizo en un ambiente triunfal, pero de hostilidad latente. Fue la primera procesión de Semana Santa. En el siglo IV, después de la legalización del Cristianismo promovida por el emperador Constantino, se va configurando la celebración pública de la Semana Santa tal y como la conocemos hoy, y muy en concreto, del Domingo de Ramos.

Uno de los testimonios más antiguos sobre ello se remonta a finales de dicho siglo. Corresponde a  la crónica de una mujer, peregrina a Tierra Santa, una monja gallega  de nombre Egeria[1]. Ella dejó escritas las impresiones de lo que vio en un manuscrito llamado Itinerario.

En su crónica, la monja Egeria destacaba la vivencia de la Pascua, que entonces arrancaba el Domingo de Ramos con una gran procesión, solemne,  en la que el pueblo participaba, acompañando al obispo, con ramos en las manos  desde el monte Olivete hasta Jerusalén.

LITURGIA Y DOMINGO DE RAMOS
El Domingo de Ramos se fundamenta en la liturgia. La liturgia del Domingo de Ramos es la que abre el ciclo de la Pasión. Para un cofrade es esencial la participación en la liturgia todos los domingos, como día del Señor, como día del Señor resucitado, y como día en que la comunidad se nutre del pan que alimenta y sacia: la Eucaristía y la Palabra de Dios.

Un cofrade, y por supuesto uno del Domingo de Ramos, no puede pasar por alto la cita dominical con la liturgia a lo largo de todo el año. Es un compromiso con nuestra identidad de ser cofrade, la cual implica cultivar el trato con nuestros Titulares y co-hermanos, que eso significa cofrade, hermano de y con la comunidad, lo cual está en la raíz del compromiso de hermanamiento que hoy estáis celebrando.

EL DOMINGO DE RAMOS ENTRE LOS SIGLOS XVI AL XVIII
En la Historia de nuestra Semana Santa, el Domingo de Ramos es un día, en lo procesional,  relativamente reciente, al menos tal y como lo conocemos hoy.

Entre los siglos XVI al XVIII, era un día en el que, además de la procesión de las palmas que se celebraba solemnemente en la catedral, en las parroquias y en los conventos, las cofradías solían dedicarlo a diversos actos de culto, y, también, a cabildos generales para preparar sus estaciones penitenciales a la catedral, centradas en el Jueves, Madrugada y Viernes Santo.

En 1717 se fundó la hermandad rosariana de Nuestra Señora de los  Dolores[2], la cual, tras un solemne septenario que culminaba el Viernes de Dolores celebraba una procesión con la imagen de la Virgen en la tarde del Domingo de Ramos. La primera procesión de la cofradía, con la imagen actual de Nuestra Señora de los Dolores, tuvo lugar el Domingo de Ramos de 1718. Por tanto, posiblemente sea la hermandad de la Virgen de los Dolores, al menos con los datos conocidos hasta ahora, la que funda, procesionalmente, el Domingo de Ramos.

EL DOMINGO DE RAMOS EN EL SIGLO XX
En su forma actual, el Domingo de Ramos comienza a mediados del siglo XX. Pero a pesar de su escasa tradición procesional, en este día  participan imágenes y hermandades de muchísima historia, tradición y devoción.

Entre los años 40 y 50 del pasado siglo se produjo una revitalización de las cofradías, fueron años de efervescencia fundacional. Años de memoria y agradecimiento hacia quienes nos legaron todas y cada una de las cofradías que hoy forman la jornada que nos ocupa.

Algunos de estos hermanos y hermanas permanecen hoy al pie del fervor de sus Titulares. De otros, quizás solo se recuerde su nombre escrito en las amarillentas páginas de los archivos; en algún caso, es posible que ni tan siquiera su nombre aparezca en esas páginas, o, acaso, tan solo se conserve de ellos el rastro difuso  de una foto en blanco y negro.

Aquellos que acunaron los primeros sueños de vuestras cofradías, que le rezaron sus primeras oraciones a vuestros Titulares, que cuidaron de que no les faltaran flores frescas, ni una luz en su camarín, o de que el polvo se asentara entre los dedos de sus pies de madera, hoy están, deben estar, aquí presentes en el recuerdo, en el corazón, en la emoción y en el agradecimiento.

LA BORRIQUITA
Uno de los recuerdos más bonitos en Semana Santa de muchos cofrades es, creo que no podía ser de otra manera, ir de la mano del padre o de la madre en la mañana del Domingo de Ramos, para ver al Señor de los Reyes en su Entrada, Triunfalísima, en la Jerusalén del Guadalquivir. Ir de calle en calle, para no perder la ocasión de, entre la bulla de trajes de domingo, ver al Cristo de Martínez Cerrillo.

Son recuerdos dulcísimos de infancia, creo que podrían ser compartidos por muchos de los que estáis aquí, recuerdos y gratitud al Rey de Reyes que nos ha amado tanto, que puso en nuestras vidas a unos padres que nos hablaron de Él, de su cercanía, de su verdad, libertad y amor.

Es el momento más luminoso de la Semana Santa. Haya o no haya sol (si lo hay mucho mejor), ese día tiene una luz especial en los ojos de los niños que acompañan al Señor y a la Virgen de la Palma. Niños de Jerusalén cuyos ojos redondos, enormes, iluminan de alegría  y de ilusión una mañana única y nueva. Sí, nueva, siempre parece nueva la mañana del Domingo de Ramos, por más que se repita un año y otro el recorrido, los tambores y las túnicas, esa mañana está tan cargada de ilusión infantil que siempre tiene la frescura de lo nuevo.

El cortejo de niños que participan en la procesión llena de gracia y vivacidad las calles. “Dejad que los niños se acerquen a mí”. Propiciemos que los niños se acerquen a Él, porque hay voluntades y propuestas en el ambiente social que quisieran alejarlos de Él, que no lo conozcan, que no lo reconozcan, que les resulte un extraño, un mito, una estatua de madera. El mayor bien que puede recibir un niño es, precisamente, conocer a Cristo. Pero su figura muchas veces es distorsionada, escondida y ninguneada, impidiendo que los niños alcancen a verlo, a oírlo y a conocerlo como sustento de sus vidas.

Juegan los niños de la Borriquita con las palmas amarillas. Las agitan en el aire, extendiendo el incienso blanco que antecede a la Virgen de la Palma, la Palma del Triunfo, la Palma de la Resurrección... pero la Palma también del martirio que le espera al Señor, y a Ella misma, en el Calvario. Cómo presiente la Virgen de la Palma el cambio de rumbo de los acontecimientos. Las alabanzas se tornarán en traiciones, los hosannas se cambiarán por blasfemias, los ramos por flagelos y los mantos en el suelo por sudarios funerarios. Es de día, hay plena luz en el rosetón de San Lorenzo, pero las primeras lágrimas de la Semana Santa ya resbalan por las mejillas de la Virgen, esbelta como una palmera, cuyos ojos empiezan a regar las calles de Córdoba camino  del Calvario.

Es de día, plena luz de una mañana de Ramos, pero a pesar de eso el alma de María es rasgada por la espada de Pasión. En cada esquina, tras cada ventana o visillo, Ella presiente las miradas intrigantes de una traición que avanza, minuto a minuto, paso a paso, chicotá  tras chicotá... Envuelta en música, con la brisa de las palmas en las manos de los niños, la Virgen camina presurosa tras los pasos del Señor en el Domingo de Ramos, ramos de laurel, de olivo y palmera, ramos con los que se tejerán las coronas funerarias de la Pasión.

EL AMOR
Y pasa tan rápida la mañana del Domingo de Ramos, que, sin apenas tiempo de descansar, nos espera el sol con todo su poder en lo alto de Cerro. No hay sombra, ni refugio, ni amparo, como no sea bajo el palio de la Virgen de la Encarnación. Su paso es el refugio más sagrado en medio del calor abrasador que en la calle espera a la salida de la cofradía. La Encarnación, la mujer que encarna a su Hijo, la mujer que lo acepta, que lo sabe suyo y se sabe suya. La mujer que guarda en su vientre al embrión más sagrado, que lo protege en el refugio más seguro, el de su entraña. La Encarnación está todavía en la sombra del templo, en lo oscuro de unas bóvedas umbrías. Mientras, su cofradía va poniendo en la calle, incandescente de sol, la larga fila de tres pasos y nazarenos.

Como un enorme seno oscuro e inquieto de vida se cimbrean en lo umbrío de la iglesia bambalinas y varales, tiembla el tisú, la maya y lentejuelas. La vida gira, se mueve, late en la oscura entraña del templo. No ha podido ser casualidad que el misterio de la Encarnación se muestre en las calles cordobesas gracias a las mujeres. No ha podido ser casualidad que algo tan humano como es que se encarne un ser en una madre, sea anunciado a hombros de mujeres, las mujeres del Cerro, que, durante tantos años han sido capaces de hacer posible lo que parecía imposible: que un paso anduviese sobre cuerpos de mujer. Madres Corage llevando a la Madre, mujeres, llevando a la Mujer, Madre de Jesús. La Mujer que proclama la grandeza del Señor, la riqueza sagrada de la vida concebida en su vientre, templo inviolable, porque inviolable es la vida, toda vida y durante toda la vida. No podía ser casualidad que un paso y palio de madres, de hijas, de hermanas, de amigas sea el que cobije a la Mujer en cinta, mimada, mecida, cuidada, como se ha de cuidar a toda madre, a toda vida.

La plaza abrasa, el sol de la tarde bruñe la madera pan de oro en la que el Cristo del Amor, como en una patena, se alza. Grandísima devoción en torno a esta pequeña imagen, la del Santo Crucifijo, que desde el siglo XVI encendiera el fervor del barrio de la Magdalena. Santo Crucifijo de Amor. Una imagen que sabe mucho de la Semana Santa antigua. Un Crucifijo que ha resistido el cambio de los tiempos. El torso herido del Divino Enamorado se derrama entre las gentes de su barrio, barrio del Cerro Calvario, barrio de obreros, donde Jesús tiene su parroquia taller, una hermandad de barrio que cruza el río con sus blancos y negros nazarenos.

Blancos, como la túnica de loco con que Herodes vistió a Jesús, ridiculizando al Nazareno, burlándose de la Sabiduría, persiguiendo con el desprecio y la sorna la locuacidad de su Silencio. Hacia Jesús, preso ante Herodes, van las blasfemias, las burlas, los sin sentido que ridiculizan y apedrean sus enseñanzas, y a las que el temor al ridículo, o al qué dirán, muchas veces nos impide responder con argumentos de verdad y de razón.

Un trueno de aplausos sube de la plaza, la Virgen ya está en la calle, ahora sí, brilla ante la oscuridad del templo, que ha dado a luz a su figura entre varales y cirios. Erguidas, como cariátides, las costaleras la sustentan en danza sosegada, meditando María en el Amor de su barrio y en el Silencio de su Hijo.

LAS PENAS
En la Corredera, rectangular de rejas y balcones, pura geometría para el Cristo más cruz de la Semana Santa Cordobesa, la Hermandad de Santiago. La efigie, gótica, tiene la sobriedad escueta de su época y estilo. Es una imagen asimilada perfectamente a la rigidez del madero. Su cuerpo vertical se mimetiza con la verticalidad del stipes, sus brazos rígidos, casi horizontales, con los del patíbulum. En la Corredera Cristo ha muerto, casi en soledad, acompañado por su Madre, Madre de los Desamparados, y su amado discípulo. Ambos han asistido hasta el último momento al Hombre en su agonía, han estado presentes, no podían hacer otra cosa que dar su presencia ante la cruz, su lecho de madera, para ayudar a buen morir al Cristo de las Penas, para hacer en lo posible, de la suya, una Buena Muerte. El Cristo de las Penas, brazos estirados, como una línea de horizonte y crepúsculo en la que se ocultan los rayos de espinas de su frente, alumbra la Corredera con el grana resplandor de una ocaso de sangre.

Cuánta luz en la piel de María Inmaculada. La sin mancha, la Pura Concepción de Santiago, llena el Patio de Abluciones con la cera en llama de su paso. Los naranjos, preñados de azahar, compiten con el perfume del incienso, un  incienso que sube y sube sobre el patio de la Catedral como una cúpula suspendida en sus volubles bocanadas. Entre esa niebla de resinas quemadas, mecida, terciopelo, varal, plata, lágrimas y oro, camina la Dolorosa de Santiago, avanza hacia el mihrab de mosaicos bizantinos que en la penumbra califal del templo centellea en mil y una noches de estrellas detenidas. Cuánta dulzura en la música sosteniendo el tiempo. El cielo es oscuro, como terciopelo enorme de estrellas tachonado, sostenido por varales musicales que acompasan un viento de cornetas. Rasgan el suelo zapatillas de esparto, y el mármol imperial de las columnas en el templo brilla de luz por la candelería. La Virgen cruza el arco, la Puerta de las Palmas, la Virgen cruza y reza, que cesen las cornetas.

EL HUERTO
El Huerto es agonía, noche sin luz, sangre en las mejillas. Entre cristales y cirios encendidos, como una nave flotando en mar de espuma, surca la muchedumbre el misterio de San Francisco. Entre los naranjos de Calle de la Feria, el Huerto es más Huerto, aunque no de olivos, sí de naranjos rociados de azahares. Es la mirada una interrogación. Sus manos una pregunta, su cuerpo entero se retuerce clamando: “Padre, pase de mí este cáliz, si es así tu voluntad”. La levantá cimbrea candelabros y danzan llamas entre las tulipas. Izquierdo, derecho, el paso se desplaza, con cuanta exactitud es su coreografía. Sangra sudor Cristo Jesús orante, porque no hay luz en noche tan oscura.
¿A dónde te escondiste,
Amado, y me dexaste con gemido?
Como el ciervo huíste
Habiéndome herido;
Salí tras ti clamando, y eras ido...[3]
El cáliz beberá, todo su fruto exprimido gota a gota en vino. La noche ahogará rojas estrellas, rojas de sangre, en la oquedad de ese cáliz sin fondo.

Encorvado, desnudo, como un viejo que no resiste más achaques ni dolores, está Jesús Amarrado a la columna. El estruendo de los látigos rima con la música que truena en los tambores golpeando la espalda sangrante y dolorida. Minúsculo andar, paso de asfixia. Amarrado de manos a una roca, tiembla el Señor sin nadie que consuele tanta crueldad, tanta tortura. Amarrado al dolor, no puede desatarse de la inmensa agonía. Solo con su angustia, como Job, viendo rasgarse su carne por la lepra de látigos voraces. Como un anciano, se dobla a cada azote. Abandonado de los que le aplaudían cuando entró en Jerusalén. Como un viejo que ya no puede más encorvado en sus muletas, encorvado en la columna del tormento con que la enfermedad le azota.

Su manto, resplandor de fuego, se ha teñido por la sangre. Candelaria, roja de sangre y fuego, de oro encendida. Un altar es su palio, levantado como frontal litúrgico que ampara, en su vaivén, el andar vigoroso de una cuadrilla firme de amor a la Señora. Se mece el paso como una bóveda dorada y las bambalinas enmarcan el dolor fuego de un Virgen rota entre candelas. Templo de Jerusalén es su palio de la Purificación, bordado en llamas, esmaltado de oro, encarnado de antorchas en la noche, alumbrando, calentando hogares y pechos fríos por la fe perdida. Candelaria es luminaria, amanecer rojizo en  el Levante, es fuego acogedor en que templar los fríos del alma, es hogar hospitalario en que podemos, con toda confianza hallar refugio, amparo y casa.

EL RESCATADO
Al Señor lo escoltan luces de promesas. Ecce Homo, exclamó Pilatos, y nos lo muestra: He ahí al hombre. El Rescatado es la viva humanidad doliente que vemos, o ignoramos, cada día entre nosotros. Lo vemos en la calle, en las equinas, en la televisión, en las páginas de prensa... He ahí el hombre, la humanidad entera sintetiza este Cristo trinitario. Verlo, es asomarse al misterio de lo humano, a la entera Humanidad, esa muchedumbre que no cuenta, que es ignorada, que sentimos lejana, ajena. Ecce Homo, he ahí la humanidad, señala Pilatos, como un pie de foto en el que se muestran los heridos, los presos, los huérfanos de la guerra. He ahí el hombre, en las playas, naufragando contra el viento y la marea para ganarle al hambre la batalla. He ahí el hombre, en las chabolas, en los comedores de caridad (de la mucha caridad de los trinitarios), en el empleo perdido, en las soledades del alzheimer... He ahí el Rescatado, seguido por el pueblo en su itinerario de Ramos, con su lección de humanidad que nos hace suyos, haciéndose como nosotros.

El dolor, el sabor a Amargura enfría la noche del Domingo. Por las calles  duelen las saetas a la Virgen. Azul y cristal en sus ojeras, no se separa del trayecto de su Hijo, lo antecede, abriendo paso entre las gentes. Es la extrema pobreza en la abundancia. La Amargura, entre varales, terciopelo azul,  corona, emperatriz y cetro. Todo le sobra, todo le estorba a esta Virgen con el pecho en duelo. Todo lo tiene y nada le conforta.

Un sabor terrible en su lengua le hace renunciar a lo gustoso de la vida. Una nube oscura en la mirada le estropea el color de lo creado. Un tacto viscoso entre los dedos, le repugna el Amor y los abrazos. La Amargura es un sentir que nada siente, un respirar en medio de la asfixia, un no apreciar aquello que es sabroso, es la sordina a toda melodía, es la negrura por sola compañera, es, bajo el sol, sentirse bajo el hielo.

“Una espada atravesará tu alma”. No se equivocó el viejo Simeón. En cada centímetro de su manto, hay un refugio para los sin techo, en cada lágrima de su llanto un bálsamo a las llagas del camino. Ella, la Virgen de la Amargura sabe mucho de nosotros. No estamos solos, por tanto, cuando se nos va  la vida de los que estaban a nuestro lado, no estamos huérfanos, ni estamos sin amparo en la vigilia del enfermo, no está el camino bloqueado o el callejón sin luz, teniendo en Ella el faro y referencia. Ella sabe de dolor, de amarga pena. Por eso los costaleros con todo mimo la llevan, para que de melodía la consuelen las saetas, en la noche del Domingo de los Ramos del Alpargate, bajo la luna y estrellas que se miran en la fuente del llanto de sus ojeras.  

LA ESPERANZA
En Santa Marina está la cofradía de la Esperanza. Sus nazarenos hacen estación ante el Santísimo entrando en el templo. El Señor de las Penas, acosado por los feroces sayones y romanos del misterio, se enfría de sudor y sangre en medio de la noche. Inocente, como Isaac cuando estuvo a punto de ser inmolado por su padre Abraham, avanza hacia el Calvario. Isaac se libró por la mano de Dios que frenó la obediencia y fe del emigrado de Ur.

Pero el Señor de las Penas no se librará. Por más que un giro interminable de los pies de costaleros quieran detener el tiempo y hacer que no llegue la hora del martirio. Por más que la música proteste en su defensa, y le alcen al viento saetas, o le alumbren en la noche nazarenos de blanco y verde con candelas, no se evitará el patíbulo. Cargado va de Penas, con la cabeza gacha, hundiendo en el pecho la barbilla, tatuado de sangre sus hombros bronceados, astilladas todas sus costillas, ateridos y  descalzos los pies sobre el morado suelo de lirios y claveles fríos. Arrastrando sus Penas en la noche en medio de la cal de Capuchinos, pasó el Señor, el Cristo de las Penas, las manos... atadas, el corazón... herido.

En una levantá ¡al cielo! la cuadrilla.  ¡Al cielo! verticales los varales, los candelabros y cirios. No cabe de hermosura entre las rosas. No cabe de belleza entre los lirios. No cabe de consuelo entre balcones. No cabe la Esperanza entre la cal, angosta, de la calle de San Zoilo. La iglesia de San Miguel, su ábside fernandino, estrecha más el andar de Virgen de la Esperanza por la calle de San Zoilo. Por no caber, ya no caben más piropos, y llueven los piropos a racimos desde balcones de forja y azoteas de ladrillo. Pétalos sobre su cabeza. Pétalos blancos al aire, como pañuelos de hilo, para enjugarle sus lágrimas. No se cabe en la apretura de la calle, pues se concentra el incienso, el olor de los pabilos, el perfume a cera pura ardiendo a miel y a tomillo. Mientras que avanza la Virgen, luna llena entre la cal, bajo el dosel y la nieve de pétalos ofrecidos.

Quienes la miran tan bella, sienten que el ritmo del tiempo parece se ha detenido, se han olvidado de todo porque avanza tan en vilo la cuadrilla costalera, que las paredes semejan nubes blancas, lienzo fino. Nubes que dora el color caramelo de los cirios. Y la Esperanza ilumina la calle, calle blanca de San Zoilo. Pero no es luz la de la cera, ni  la luz de los ciriales, ni faroles encendidos, lo que ilumina la calle. Que la iluminan sus ojos, esos ojos tan bonitos, de azabache y esmeralda, ojos candentes del brillo de su mirada de fe, como soles encendidos, que orientan con su mirar al peregrino perdido.

FRATERNIDAD, HERMANDAD, UN MISMO SENTIR
Salieron con sol y se recogen con la luna. Las cofradías han llenado las calles de Córdoba con su mensaje de luz, con su manto verde de Primavera que resucita al tercer día. Con sus camelias de color marfil como el maná que saciaba en el desierto. Las calles se han llenado del olor de los olivos de un Getsemaní con sudor de sangre; con la risa de los niños, los  hebreos pequeñitos; con los rezos y promesas desde el Cerro por las orillas del río. Las calles, la ciudad entera se ha teñido del morado terciopelo de cautivo que desde los trinitarios deja el rastro penitente de los cirios.

El Domingo se acaba, queda ya menos para el Domingo del año que viene. Hoy, seis cofradías, seis hermandades han optado por estrechar sus lazos de fraternidad. “Mirad como se aman”, esa es la distinción del cristiano, es así como se nos debería identificar. Un pacto de hermandad estrecha desde hoy vuestros vínculos y relaciones. El cimiento es muy sólido, la común pertenencia a la cofradía de un mismo Cristo que entró en Jerusalén, oró angustiosamente y obedeció en el Huerto, fue despreciado por loco ante Herodes, padeció bajo el poder de Poncio Pilatos los terribles azotes, fue humillado, burlado, coronado de espinas, maniatado y no fue Rescatado por ninguno de los suyos aunque su muerte sirvió de rescate nuestro, cargó la leña para el sacrificio entre durísimas Penas, Penas de cruz que le hicieron dar hasta la última gota de su sangre de Amor.

Hoy, seis hermandades quieren sentirse una bajo un mismo Padre y una misma Madre que se llama Esperanza, Candelaria, Amargura, Desamparados, Concepción, Encarnación y Palma.

Que Dios bendiga vuestra voluntad fraterna y que vuestros lazos que hoy estrecháis sean siempre testimonio de amistad, de acogida, de apoyo, de sentiros uno y diversos, pero siempre unidos por los lazos de la Fe, la Esperanza y la Caridad.

Muchas gracias

Miguel Ángel de Abajo Medina
Córdoba, 21 de Febrero de 2009



[1] J. M. Bernal, “Iniciación al año litúrgico”, pág. 114-115, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1984
[2] Juan Aranda Doncel. “La Pasión de Córdoba” II, pág. 476, ed. Tartesos-ABC
[3] San Juan de la Cruz. Poesías Completas, Canciones entre el alma y el Esposo, Ed. Bruguera 1981.

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