Pregón Conmemorativo - Ilustre y Piadosa Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado y María Santísima de la Amargura. (Córdoba - España)

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Pregón Conmemorativo

Aniversarios > Cincuentenario Fundacional

Padre Nuestro, Rescatado,
cordobés y nazareno,
Dios Señor de lo creado,
que estás por siempre en el cielo.
Sea, Jesús, santificado
tu nombre de amor sincero;
de tu voluntad esclavos,
de tu verdad pregoneros,
te pedimos confiados
el pan de fe y el sustento.
Perdona nuestros pecados
aunque no lo merecemos;
pero ante todo te amamos,
y por eso vestiremos  
cada Domingo de Ramos
el hábito nazareno,
o en la oscuridad del palio,
anónimos, costaleros
llevaremos entregados
a la Madre que, en silencio,
deja un llanto entrecortado
porque ya le ha dicho el viento
que camino del Calvario
cargarás con el madero.
Padre Nuestro, Rescatado,
cordobés de cuerpo entero,
por justo, cabal y honrado
te condenan al tormento.
La brisa se hará sudario,
la ciudad será lamento,  
desde el balcón un geráneo
te besara y el incienso
en tu rostro amoratado,
o prendido entre tu pelo,
cualquier Domingo de Ramos,
cualquier Domingo de duelo,
de nada, sueño y quebranto
te rezará un Padre Nuestro.

    Excmas. y Dignísimas autoridades, Presidente y Junta de Gobierno de la Agrupación de Hermandades y  Cofradías de Córdoba, Hermano Mayor y miembros de la Junta de Gobierno de la Ilustre y Piadosa Hermandad y Cofradía de Ntro. Padre Jesús Nazareno Rescatado y María Stma. de la Amargura, cofrades todos, señoras, señores, y oyentes de Radio Popular de Córdoba.

    ¡Qué honor! ¡Qué honor y qué responsabilidad hablar en Córdoba del Rescatado, y tanto más en estas circunstancias gozosas del aniversario fundacional de su Hermandad y Cofradía! Esa fue mi primera impresión el repentino sentimiento cuando el Hno. Mayor de la Hermandad me comunico el ofrecimiento de su junta de Gobierno para ocupar, en noche tan venturosa como la de hoy, este estrado. En aquel momento, al aceptar tan honrosa misión sólo le planteé una condición: mi deseo de no herir a cualquier hermano de la Cofradía que tuviera el afán de pronunciar, en un día como éste, su íntima, sincera y bendita en honor de quienes sin Jesús Rescatado y María de la Amargura, son norte y guía de su vida. Solo después de estar seguro, a través de sus palabras, de que no dañaba ninguna sensibilidad, me atreví a pronunciar el "fiat" cofrade, que hoy me lleva ha hacerme cargo de este pregón de vuestro cincuentenario, Y en tan gozosa efeméride, ¿qué podría deciros? ¿De qué podría hablar un cofrade de a pie de la que no es su Hermandad, de una corporación que no conoce en profundidad. Acaso relatar una historia, aprendida de memoria pero huérfana de sentimiento y ayuna de auténticos saberes, a no ser algo sobre las tallas, bordados, orfebrería, jalones de vuestro ayer.

    ¿Cómo podría hacer esto en una Cofradía que, por ende, contó entre sus hermanos mayores con alguien de tan profundo conocimiento y dotado de tan fácil calamo como don Antonio Bejarano? Sí acaso, desgranar un pálpito vital de cariño y entrega, mas, ¿cómo hacerlo? Si ni pertenezco a la poblada nómina de sus hermanos, si no he sentido la emoción de vestirme con su túnica, si no he esperado jamás esos minutos anhelantes que preceden a la salida procesional, si no he escuchado nunca cubierto por la negra capa, la saeta que le canta Córdoba entera. ¡Ay, Señor, que puedo decir de Ti y de tu Madre bendita! ¡Qué puedo hacer para que mi voz cale en el corazón de quienes me escuchan!

    Toda reflexión llenó de inquietud esos primeros momentos, asustado ante la blancura del papel y la responsabilidad de la cercanía de estos instantes que ahora compartimos, pero quiero pensar que El vino en mi ayuda, que, tal como los Padres Trinitarios libraban a los cautivos del infiel, Jesús Rescatado quiso salvarme de la duda y la zozobra. Porque, a falta quizás de justo títulos, yo tenía algo en común con todos los aquí reunidos un corazón cofrade; y así desde esa atalaya levantaré mi palabra. Los años me han ido enseñando que por una Cofradía se puede dar la juventud y recibir a cambio incomprensión incluso, sentir como se cierra tras de ti la puerta de lo que algún día fue casi tu casa, pero también me han mostrado que, al mismo tiempo, otra se abre, que vale la pena seguir luchando por lo que amamos, y que, poco a poco, a medida que maduramos, podernos sentirnos cofrades de María Santísima de la Amargura toda Córdoba, amar casi por igual, a todas las Hermandades, encontrarnos prendidos en una red mágica difícil de explicar, pero que no es cárcel, sino libertad. Y si además, como, por gracia inmerecida del cielo, concurre en mi persona, te ofrecen el pequeño estudio de una emisora de radio para hacer de él un abierto hogar cofrade desde el que intentar servir a todas las Cofradías por igual, y si a todo ello sumamos el honor, siempre presente, vivo y nítido, de haber pregonado a toda nuestra Semana Santa, hoy me siento capaz de hablaros, en nombre de  todos los  cofrades cordobeses, a vosotros amantísimos hermanos de Jesús Nazareno Rescatado y María Santísima de la Amargura. Por ello acometo la tarea de volver a unos días felices del pasado, en los que la lluvia golpeaba los cristales mientras yo, cansado del trabajo era capaz de vestir, en el vuelo de la imaginación, la blanca túnica del Descendimiento o de la Merced o el negro hábito de la Expiración y el Nazareno, apretarme el costal bajo las trabajaderas de la Concepción o soñar que llevaba sobre mis hombros a la Virgen de la Paz, ser prioste del Cristo de la Misericordia o aguador de la Candelaria, sentirme todo y nada, y a la vez, por ensueño misterioso, tornarme en testigo callado del paso de Jesús Rescatado. Por eso puedo dirigirme a vosotros, dar las gracias a vuestros Titulares y  atreverme a pedirles confiado:

Dame Señor, la fuerza necesaria.
Haz que mi voz resuene agradecida,
que mis versos se tornen en plegaria
para llegar a tu faz escarnecida.
Concédeme la dicha trinitaria
que guardas en tu alma dolorida
y otórgame tu gracia, luminaria
para afrontar la empresa acometida.
Aún llena mi garganta de agua pura
que cante cristalina tu martirio
y la senda divina que asegura,
la muerte redentora de aquel lirio,
y la ardiente candela de ese cirio
alumbrando el dolor de mi Amargura.

    Comencemos nuestra labor dando marcha atrás. Primeros días de Marzo de 1939. La Cofradía no existía todavía, pero la devoción al Rescatado estaba plenamente enraizada Ríos (te cordobeses se acercaban al templo trinitario, e incluso las páginas del diario local, "Azul", daban cabida por aquellas fechas a un extenso artículo de Antonio Blanco Gómez, en el que se glosaba la tradicional devoción hispana a Jesús de Medinaceli, ole la que nuestro Rescatado fue heredero directo. Allí se recogía la vieja historia de la imagen sustraída por los moros de Mequinez, hasta entonces venerada en el castillo de Mármora, allá por 1681, y como los Padres Trinitarios promovieron su rescate sólo un año después, junto con otras dieciséis tallas sagradas y 221 cautivos cristianos, Más tarde, analizaba la expansión de la devoción a tierras como Alemania, Italia, Hungría, Polonia, Portugal e Indias, "por medio de copias de la escultura, cuadros estampas y medallas". De aquella rápida difusión fue pronto Córdoba testigo. Fray Juan de Mata encargó la talla del Rescatado, en 1713, a Fernando Díaz de Pacheco, y desde su culminación la imagen quedó por siempre en su iglesia, salvo la efímera etapa de la invasión francesa. A la venerada talla, atribuía la crónica trinitaria de la ciudad el que a poco de su presencia en el templo, fuera, y cito textualmente, "tal la concurrencia y veneración... que había días en que no se podía cerrar las puertas ni de día ni de noche". Por lo expuesto, nada puede extrañarnos que una junta Gestora ultimara en aquellos días la constitución de la Hermandad, tanto más si tenemos en consideración las últimas palabras del citado articulista: "Hoy no está dormida esta devoción, principalmente los viernes de Cuaresma, sobre todo el primero de Marzo... Hoy también sigue haciendo favores, convierte los corazones obstinados y reduce a los pecadores más endurecidos". Palabras de ayer, de hoy y de siempre porque todos sabemos que donde haya un cordobés creyente, habrá un recuerdo permanente al Rescatado.

    Y llegó 1940. Y cuando el padre Regino de San José pronunciaba la homilía en la culminación del solemne Triduo, el 3 de Marzo de aquel año, una mirada de esperanza afloraba en decenas de personas, que veían más cerca su meta. Y en 1941 el sueño cobraba casi realidad. Fray justo de la Preciosísima Sangre podía ya dirigirse a los cofrades del Rescatado. Y en 1942, Jueves Santo, la Cofradía en la calle. Sólo dos años después a su Domingo de Ramos, y ya en 1945, aunque posteriormente las circunstancias impidieron durante unos años su salida, Ella con nosotros, la Madre junto al Hijo y junto a Córdoba, el Realejo roto por su Amargura, y María radiante, en un humilde paso, sin más palio que la noche bordada de luceros ni más bambalina que la brisa fugaz de la madrugada; y entonces, definitivamente entonces, este pregonero fijará el decisivo punto (le encuentro entre la Hermandad y la Córdoba cofrade, entre la realidad y la ilusión, entre el amor y Una ciudad entera, que quiso tener, desde 1965, h asta una calle con su nombre, y a partir de aquí, ya podremos hablar con los ojos del corazón, y situarnos en Un imaginario Primer Viernes de Marzo.

   Los cultos cuaresmales han concluido y en este día señalado miles de cordobeses acuden al templo trinitario, custodiado por la calma sencilla del jardín del Alpargate. Es la culminación de tantos otros viernes. Es para los hermanos del Rescatado la responsabilidad de sentirse guardianes, Rafaeles Custodios de un Dios hecho hombre que hoy, en el calor humano de un atardecer aún invernal, se acerca hasta nosotros. En la iglesia todo es un revuelto organizado. Hombres y mujeres del pueblo, jóvenes y niños llegan a postrarse a sus benditas plantas. Promesas, agradecimientos, ruegos, ilusiones y hasta algún casi imposible aflorará en miles de labios, sonará tan bajito que no lo oirán más que El y su Madre. ¡Cuanta fe!, ¡cuanto amor! El día será Un continuo ajetreo, y cuando llegue la noche, aunque parezca que no se han movido, Jesús y María estarán agotados. Cerca , muy cerca, los contemplarán su hermano y su hermana, ese Cristo de Gracia que todavía sueña con el azul del océano, y esa Virgencita, tan bella y humilde que permanece eternamente al pie de la Cruz, hermosa Madre de Dolores y Misericordias. Y en esa hora en que los hombres duermen y los ángeles revolotean vigilantes, sin más testigos que las velas que las velas que aún no se han apagado, que continúan inmolándose por amor, nuestro Padre Jesús Rescatado descansará de la intensa jornada y, casi dormido, repasará los múltiples ruegos y tal vez, aunque dios, se estremecerá de emoción, y hasta se atreva a pensar que

¿Quién en este mundo ha dicho
que mi mensaje está muerto?
¿Quién se atreve a pregonarlo,
quién hablará sin ver esto?
Mil corazones sencillos
han llegado hasta mi templo,
en sus rostros la esperanza,
en sus gargantas un ruego.
Y yo para que no sufran
e les reparto mi consuelo,
y cuando llega el Domingo
hasta sus casas me acerco.
Quiero de amor abrazarlos,
quiero mostrarles que es cierto,
que soy Dios de vida y gloria,
y aunque camino en silencio,
estoy feliz como nunca,
pues la Córdoba de ensueño
se arracima en sus aceras
porque paso, Nazareno,
Rescatado para siempre
mas cautivo de este pueblo,
que me grita su cariño
para que me llegue envuelto
entre reflejos de luna,
de plata, clavel e incienso.
De los moros Rescatado,
pero de su amor soy preso,
porque soy Señor y Padre,
Dios, Redentor y Maestro,
pero también por Maestro,
pero también por designio,
desde lo arcano del tiempo,
en esta tierra bendita
que a mi Madre de requiebros
consuela en la noche amarga
en que soy del hombre reo,
quise por siglo quedarme,
cordobés de cuerpo entero,
y guardar en un abrazo,
leal, sentido y eterno,
un retazo de campiña,
una ciudad y un recuerdo.
Por eso soy cordobés,
lo digo a los cuatro vientos,
Rescatado de por vida,
pero cautivo de un pueblo
que me quiere como a nadie,
que me espera fiel y serio,
que me canta una saeta,
que me reza un Padre Nuestro,
y que con verdad del alma,
con un cariño sincero,
todos los viernes del año
-agosto, octubre o febrero-,
me deja su corazón,
su vida, su fe y su sueño.
Rescatado para siempre,
mas cautivo, ¡qué misterio!
Rabí, Señor y hasta Padre,
y aquí, cordobés primero.

    Pero a pesar de tantos Viernes, sin duda, y desde hace ya cincuenta años, la gran cita de Córdoba y el Rescatado es cada Domingo de Ramos. Sin embargo, el pregonero, por la gentileza y amabilidad de comprometidos miembros de la Hermandad, ha podido vivir antes uno de esos pequeños, íntimos, emotivos y aleccionadores momentos cofrades. Era la víspera del día anhelado. Las nubes descargaban una lluvia copiosa, y muchos empezábamos a temer por la quiebra del sueño y el incumplimiento del deseo. Si acaso, apenas nos quedaba el consuelo de pensar que tanta agua no podía caer seguida, que el día de las Palmas amanecería radiante, que el hombre del tiempo quizás había actuado de agorero y, con un poco de suerte, volvería a equivocarse como casi siempre. Justo a la media noche, cuando el Sábado se sume en el olvido y las campanadas del reloj nos saludan la llegada de una nueva Semana Santa, levantaba una copa, brindando junto a buenos amigos, para dar la bienvenida a recién estrenado año cofrade. Sólo unos minutos después, mi amigo Antonio Varo y yo, acompañados de nuestras mujeres, nos despedíamos de los demás. Había que cumplir obligaciones informativas, porque también se puede servir a las Cofradías desde la prensa, la televisión o la radio. Nada más atravesar la puerta miramos al cielo. La luna nos guiñaba entre nubes presurosas, cada vez más deshilachadas, que permitían asomarse a las estrellas. La lluvia parecía alejarse, aunque el viento y el frío tomaban su lugar. Llegamos a la Plaza del Corazón de María. Llamamos a la puerta del recinto descubierto en el que se montan los pasos. Un hermanos cumpliendo su obligación, nos hizo detenernos. De inmediato, Rafael, como Hermano Mayor, vino a nuestro encuentro, con la cortesía propia del cofrade, dispuesto a facilitamos nuestra labor. Los dos pasos estaban disponiéndose. Recuerdo que Amargura estrenaba algo; estaban ultimándole el tocado, al tiempo que los claveles comenzaban a cobrar forma a sus pies. Unos pocos cofrades, hermanas y hermanos, se afanaban en la tarea. Mientras conversábamos, la baja temperatura se adueñó de la ciudad; en un ambiente casi gélido proseguían, a pesar de los tristes presagios su trabajo sin desmayo los que allí se encontraban. El frío comenzó a levantarse, mas, ¡ay dolor para el cofrade!, debido a que la luna ya no podía verse, los luceros se apagaban, y unas gruesas gotas, redondas y cargadas del peor de los augurios, empezaban a caer. Y sin embargo, allí no se oyó una queja. Todo se soportaba por amor a Ellos. No cabía la más mínima desilusión. Cuando un rato después me disponía a conciliar el sueño, meditaba en la vigilia oferente de aquellos hijos de Jesús Rescatado, y recordándolos, pensaba en lo hermoso que puede ser sentirse cofrade, hallar la esperanza en casi nada, ofrecer el esfuerzo en el anonimato, dejar en la madrugada ese cansancio que muchos, que contemplan la procesión en la noche pasional, desconocen. Por cierto, aquel Domingo de Ramos no se pudo realizar la estación de penitencia. Me imagino cientos de lágrimas en los rostros y una profunda congoja en los espíritus, pero también, entre la lógica pesadumbre, con derecho a sentir la mayor de las penas, la conciencia tranquila de aquellos hermanos agotados, con profundas ojeras en sus caras tristes, que habían prendido su amor entre la lluvia.

    Pero, bien es verdad que no debemos quedarnos en la tristeza. Afortunadamente, estas últimas escenas que evocamos son casi esporádicas. Lo habitual es que la Cofradía esté en la calle, justo en ese instante en que el sol se desangra entre las moradas violetas del crepúsculo y las aguas del Guadalquivir lo acunan plácidamente, las estrellas comienzan a adivinarse, la ciudad ya huele a Semana Santa y su corazón espera ante el encuentro añorado todo un año. La iglesia de los PP.. de Gracia ve alejarse a su preciosísima joya; en la capilla, todo quedará en penumbra, vigilada por el recuerdo del insigne Alonso Gómez de Sandoval, feliz mortal que tras su muerte es, junto al matemático y astrónomo Gonzalo Antonio Serrano el único que goza del excelso privilegio de estar por siempre a los pies de ese Rescatado que ahora, precedido de su hermosísima Madre, custodiado por el amor de todo un pueblo, va a constatar por sí mismo que ya es Domingo de Ramos.

Si comienza en San Lorenzo
y lo cierra en Rescatado,
no puede ser otra cosa
sino un Domingo de Ramos.
Si canciones infantiles
nos traen recuerdos de antaño,
cuando había que estrellar
para no perder las manos.
Si con las luces del alba
nos levantamos temprano,
descorremos los visillos
y miramos a lo alto.
Si nos huele de otra forma
el cotidiano
no puede Ser otra cosa
sino un Domingo de Ramos.
Si por todos los rincones
lucirán su traje blanco
de azahar y primavera
limoneros y naranjos.
Si un repique de gozo
se desgastan los badajos
y Córdoba se despierta
con rumor de campanarios.
Si la brisa trae perfumes
que creíamos olvidados,
y bajamos al Realejo
con pasos apresurados.
Si llegarnos a la plaza,
contentos, aunque cansados,
no puede ser otra cosa
sino un Domingo de Ramos.
Si las palmas de los niños
abren a Jesús el paso
y Nuestra Madre es Victoria
resplandeciente en su palio.
Si cuando llegue la tarde
todo se habrá consumado,
y nuestro Amor por amor
morirá en la Cruz clavado.
Si su Cerro se deshace,
si se duermen los geráneos,
y se encarna en una Rosa
la pasión de todo un barrio.
Si llora de pena el agua
al pasar bajo los arcos,
no puede ser otra cosa
sino un Domingo de Ramos.
Si los ensueños cofrades
renacen en Santiago,
y la Pena se hace pena,
clavel y lirio morado.
Si María es Concepción
que clama su Desamparo
con una voz que es suspiro,
quejido plegaria y llanto.
Si vemos que un ángel
lleva el cáliz de hiel amargo,
y un Dios más hombre que nunca
le suplica al Padre Amado.
Si la calle de la Feria
se estremece ante su paso,
no puede ser otra cosa
sino un Domingo de Ramos.
Si enciende mi Candelaria,
con sus ojos apenados
mil candelas en las almas
y un cirio de fe callado.
Si añora Santa Marina,
nostalgia de su pasado,
la hora en que el sol se acuesta
y tomándolo en sus brazos,
la luna va a adormecerlo
con la nana de un fandango
porque la Virgen gitana,
de puro amor relicario
se mudará en Esperanza
y muy bajito sus labios
proclamarán que su Pena
va caminando al Calvario.
Si en la cuesta del Bailío
la mecerán muy despacio
no puede ser otra cosa
sino un Domingo de Ramos.
Si el jardín del alpargate
se estremece acongojado,
si sube un tropel de gentes
que, por marchar a su lado,
se sienten tan hijos suyos
que quisieran liberarlo.
Si se adivina su imagen
entre el blanco y el morado,
entre estandartes de gloria
y el rezo de los rosarios.
Si sentimos que ante El,
rota el alma de quebranto,
se marchita dolorida,
¡ay corazón traspasado!
la Amargura que hoy recuerda
aquellos tiempos lejanos,
en los que su hijo jugaba
y San José trabajando
se ganaba su sustento
y allá en el huerto encalado,
enseñó al niño a leer
las mañanas de un verano.
Si en la noche de pasión
nos bendice el Rescatado,
no puede ser otra cosa
sino un Domingo de Ramos.

  Sí, hoy es el gran día, atardecer. Tras la Cruz de Guía, nazarenos de negra capa alumbran la Vía Sacra cordobesa. Insignias y atributos, estandartes, bocinas, niños, acólitos, incienso, capataz, y Ella, Reina y Madre, María esplendente de belleza, coronada de Amargura. Y, de repente, llega hasta sus oídos una voz familiar; la busca entre la multitud, y no la encuentra; oye un quejío que se quiebra de amor, pero las gentes no parecen apreciarlo. Y, sin embargo, el canto la conmueve. Es una voz amorosa y sincera, de persona mayor, ajada, un poco ronca, pero que resuena en su honor con la misma belleza que el cántico de los coros angélicos.

Yo te traigo desde el cielo
rayitos blancos de luna,
de nube y sol un pañuelo,
y en mi garganta un consuelo
"pa" remediar tu Amargura.

    Viene desde arriba. Entonces, nuestra Virgen de la Amargura recuerda sus primeras salidas procesionales, cuando sus ojos, en vez de en el gentío, se clavaban en la azul soledad del firmamento. Levanta su mirada sobre la copa de los árboles, busca entre las nubes que se esconden, tras las estrellas que apenas relucen con un titilar todavía apagado y, al fin, oculta en la rojiza granada del sol que marcha hacia su ocaso, descubre la figura menuda y entrañable de una mujer del pueblo que supo llevarle, cada noche procesional, el amor de Córdoba, el consuelo de sus barrios, la fe de sus gentes en el vuelo de una breve y leve, sencilla saeta. Ya lo suponéis; allá, tan humilde como siempre, está, como estuvo en vida, como la seguirá haciendo mientras Rescatado y Amargura paseen su dolor por nuestra alma, María Zamorano, la eterna 'Talegona". Y desde su palio, nuestra Madre divina entablará, aunque inaudible para todos los hombres, un diálogo pleno de cariño.


¡Que ganas tenía de verte!
¡Cuántos Viernes te he esperado!
¡Cuántas tardes silenciosas
eché de menos tu canto!
No ha sido por culpa mía,
le dice María cantando.
Cierto día de Cuaresma,
sin ni siquiera avisarlo,
vino a buscarme tu Hijo,
Dios bendito y Rescatado,
y en brazos de Rafael,
el arcángel más amado,
en el vuelo de un suspiro
me trajo, humilde, a su lado.
Imagínate que susto,
de pronto sin esperarlo.
Iba yo muerta de miedo
entre ángeles y santos.
Pero al doblar una nube
me llegó sonido franco,
el "quejío" de tina guitarra
y los aires de un fandango.
¡Quién me iba a mí a decir,
quién lo hubiera "imaginao"
que hasta en la Gloria divina
se bailara en un tablao!
Yo entré allí "mu" despacito;
al verlos, me he "impresionao",
Caracol, el "Niño de Gloria",
Mairena, los "consagraos",
y Ya ves, María, allí en medio
sin haberlo "preparao".
Han pasado ya unos meses,
pero de Tí me he "acordao".
Soy feliz aquí en el cielo,
pero algún día he "llorao"
al recordar San Basilio
y sus patios "encalaos"
mi añorada Corredera,
un geráneo "agitanao",
mi amada Semana Santa
y mi Señor "Rescatado",
Por eso he "pedio" permiso
y hasta el jardín me he "acercao",
para cantarte bajito,
para llorar a tu "lao",
para esperar a tu Hijo
y con llanto "entrecortao"
secar su sudor de muerte
con mi canto "enamorao".
Por El he "venío" hasta aquí,
por su amor nunca he "callao",
por eso vuelvo a vivir
al pasar mi "Rescatado".


    Hermanos de la Ilustre y Piadosa Hermandad, en esta Córdoba tan desagradecida con sus hijos no ha de callar tampoco vuestra voz; no debemos conformarnos con la, sin duda acertada, decisión de haber bautizado una de nuestras calles con si¡ nombre. María tiene que estar por siempre ante su Rescatado. En piedra o bronce, qué más da, debe quedar por los siglos en el Alpargate. Dejadme que me atreva a requeriros; sed abanderados de esta causa, porque es causa de justicia. Pidámoslo a quien haga falta: queremos a la Talegona en el Corazón de María, porque con ella estará, eternamente, el alma de Córdoba.

    Cuando la procesión ya está en la calle y millares de devotos acompañan a Jesús, no pocos con el hábito morado y su cordón dorado, se iniciará esa silente comitiva que lo conduce hasta el cordobés Calvario de la plaza de las Tendillas. Y en ese itinerario tradicional, apenas modificado a lo largo de los años a no ser por encauzar el anhelo que vivió la Cofradía de llegar hasta la Catedral, Rescatado y Amargura estarán rodeados no sólo del consuelo y el cariño de ¡os cordobeses, sino también por la compañía de esos Cristos y Vírgenes que quedan a su paso. Y así se adentrarán en María Auxiliadora, donde el asfalto se convierte en las transparentes aguas del Cedrón, los balcones en olivos, y las gentes en apóstoles y testigos del más cobarde y ruin prendimiento. Y el aire llorará en la forja de las veletas, y en el mismo templo salesiano, apenas se oirá la débil plegaria de una madre, lívida y dolorida, pero derrochante de Piedad. Al llegar a la plaza de San Lorenzo, nueva estación en ese eje cofrade que va de San Pablo al Alpargate, Cristo y María vivirán el mayor de los contrastes. Sólo unas horas antes Jesús entre júbilo y palmas en esta Jerusalén de Guadalquivir y Mezquita, y tras El marchaba, radiante de hermosura, la tierna Victoria, Reina y Madre niña sonriente en su palio. Las mismas piedras centenarias cobijan a la abadesa del llanto, a la Virgen consumida de Tristezas porque ya todo está culminando, y su Hijo redime las Animas del pecado, entre el lúgubre sonar de las campanas y el llanto sin pausa de las argentáreas azucenas. También allí habita Nuestro Padre Jesús del Calvario, eternamente cargado con la cruz, su rostro amoratado, sus manos amorosamente aferradas al madero, y ante El María, que alcanza el Mayor Dolor de los Dolores, ese dolor que estalla en Amargura porque ya no hay quien rescate al lirio de Judea. Sigue el peregrinar. Tras cruzar, Curioso progreso, eso que no sé como definir, pero que ocupa el solar del que fue cordobesísimo convento de Santa María de Gracia, la estación penitencial, Realejo arriba, llega a San Andrés. Allí el incienso todavía se adueña de la plaza, y aún resuena la saeta y se derrama el salero más gitano. Y todo porque en estos últimos metros antes de entrar en carrera oficial, Ntro. P. Jesús de las Penas y María Stma. de la Esperanza preceden el lento transcurrir de nuestro Rescatado. Embajadora de la gloria, medianera de la gracia, ancla salvadora, cauterio de mil heridas, corazón de Córdoba, Esperanza pena 111 más grande Pena por los rincones de nuestra ciudad, mientras que en su iglesia, cuando pasa la Amargura, puede escuchar el diálogo filial, porque hasta Jesús llega el Buen Suceso de encontrarse con su Madre, que aquí es Caridad que nos abre de par en par las puertas de su alma Y al final de la cuesta, San Pablo, la morada de la más preciosa gema de nuestra Semana Santa, la capilla de la Virgen de las Angustias, eterno soporte de un Cristo macilento que ha dejado su vida por nosotros. También al calor claretiano viven los Titulares de la que hoy siento como mi Hermandad, las imágenes que desde hace muchos años son faro para esos hombres y mujeres que me acogieron como una cuenta más de ese Rosario que entonarnos ante nuestra madre del Silencio, para consolar la divina Expiración de Jesús. Déjame, hermosa Amargura que hoy que celebramos alborozados el cincuentenario de tu Cofradía, me detenga unos segundos en mis propias vivencias. Ante Ti -no te enfades porque sabes que habla mi corazón, porque también conoces que el primer soneto que escribí en mi juventud fue precisamente para Ti-, tengo que reconocer que casi: desde niño te recé encarnada en mi Reina de los Mártires, puerto y remanso de amores congregantes que soñábamos con estar siempre con Ella; mas bien comprendas la amplitud del cariño cofrade, y dentro de mi ser quedó un rinconcito para una Hermandad tuya, de la que algunos -¡cuánto atrevido hay por este mundo suelto!- dicen que no es muy hermoso, como si la belleza de las Vírgenes no estuviera siempre en los ojos con que las miramos Hablo de amada Candelaria, encendida de amores allá en San Francisco, llama de pasión y fuego siempre ardiente en mi interior. Y desde hace linos anos, también he aprendido a pedirte y darte gracias convertida en Madre bendita de un Rosario de misterios dolorosos. Por ello me detengo morosamente en ese tránsito
divino en que Tú, Reina de la Amargura y tu Hijo, Nazareno bendito Rescatado, cruzáis la plaza del Salvador y tras el pequeño compás, seguro que ya subida en su paso, con los cirios ya dispuestos, con las flores todavía por cubrir las jarras desnudas, recibís el adiós emocionado de la madre del Rosario, el abrazo invisible que te deja en tu Palio y un postrero beso en la faz escarnecida de este Jesús, Rescatado y Crucificado derramando la Gracia en su agonía en el templo trinitario, expirante y ya muerto en brazos de María en el pétreo sosiego de San Pablo.  




    Y proseguirán la estación de penitencia. En las calles de la Carrera Oficial las gentes se apiñan para llevarla sus oraciones. Después llegará ese recorrido céntrico e íntimo al mismo tiempo, que hará recortarse la sombra de Jesús sobre los muros pétreos de San Miguel, y derramar lágrimas furtivas al ojo mágico de su rosetón. Calle de Alfonso XIII abajo, con un recuerdo de Ntro. P. Jesús de la Sangre y de la Reina delos Ángeles, que lo sienten pasar casi al lado de Ellos, seguirán su camino y el dolor
se extenderá por la ciudad, y hasta las mismas torres del estandarte ducal se estremeceran cuando ante Cristo se detenga, de nuevo en la recoleta placita de San Andrés, un hombre de pueblo Un hombre como tantos otros, quizás no muy religioso, tal vez poco frecuentador de la Sagrada Misa, poco participe de los Santos Sacramentos, pero que no puede faltar a esta cita que se sucede desde su más tierna infancia, que le trae añoranzas de un ayer cada vez más lejano, que le ayuda a acercarse a Dios, aunque sólo sea, bendita fe del carbonero, una vez al año. Del niño que hace ya cincuenta años se asombraba ante el Rescatado queda ya muy poco en este hombre maduro, pronto anciano, al que el tiempo, con su gubia de días y de horas, talló arrugas en la frente, y, orfebre indeseado, plateó, sus sienes con blancura de nieve. Pero ambos, niño y hombre tienen en común algo muy grande: el amor por El. Y porque tiene confianza en su Rescatado, nuestro personaje ha preferido un instante tranquilo, lejos del bullicio del centro y del ajetreo que comenzará a palparse cuando de nuevo la Cruz de Guía se aproxime al Marrubial. Y en esos momentos en que la noche se hace silencio, su cariño se convierte en saeta, su saeta en oración y su oración en ruego; y así, su canto se enreda en la brisa, se sumerge en el incienso, se eleva hacia lo alto y se duerme en su pelo, lacio y negro. Pero si al paso del Rescatado los ayes flamencos suenan adustos, temerosos y secos, al venir la Amargura se convierten en dulce bálsamo para sus incruentas heridas, y se atreven a decirle al oído, a la vez que el llamador rompe la quietud de la madrugada:


Miradla por donde viene,
no hallaréis mujer más pura,
es mas blanca que la nieve
mi Virgen de la Amargura.


    Y se acercarán todavía más hasta su palio, y le dirán prendidos en su hermosura:

Llegó desde el cielo azul
una estrellita tan clara,
llego desde el cielo azul
que de ella hicieron tu cara
y tus ojos de su luz.

    Y desde esos instantes entre saeta y saeta, nuestros Titulares caminan decididos hacia su templo, donde aguardarán hasta un nuevo Domingo de Ramos. El gentío es cada vez más numeroso. Los hombres y mujeres de] Marrubial, de San Lorenzo, pero también de los nuevos barrios, de la Viñuela, de la Avda. de Barcelona, de Sagunto, sus devotos cotidianos, que durante unas horas han prestado su Rescatado al resto de la ciudad, lo esperan para acompañarlo en esos últimos minutos por las calles cordobesas. El cortejo está ya junto al Corazón de María. El encierro se prepara. Las puertas del templo ya acogen a los primeros nazarenos, cansados, pero satisfechos, felices porque han sido luminarios de su amor; los estandartes que ya han llegado van siendo devueltos a sus lugares; el palio entra poco a poco en el Alpargate. Todos lo aprietan en un abrazo amoroso. No quieren que Ella los deje; siguen absortos en su mirada. Los claveles comienzan a caerse, los cirios, gastados, casi derretidos, iluminan tibiamente los pesares de María, Inmacula en el frontal, divina pastora de su siempre fiel Infantería, Amargura sobre su peana, siempre Reina y Madre. Suena la banda; las notas se elevan al aire frío de la madrugada; las carnes, con esa piel de gallina que las cubre cuando el sentimiento se adueña de los corazones. Y al son de "Campanilleros", ahora que nuestra Amargura se apresta a cruzar el portón, creo que ha llegado el momento de dirigirme a los hombres del costal y de la faja, del mundo en penumbra de la trabajadera. No son más importantes que cualquier hermano de luz, de cualquier mujer que adorno con su mantilla y su gracia el paso leve de María, que el aguador que los confortó tras el esfuerzo compartido, con el agua vivificadora de su cántaro. Pero son los únicos que sienten su peso, y al mismo tiempo el gozo de llevar a Amargura sobre sus hombros, de ser su sendero en la tierra, de mecer sus varales, de arrullarla con sus bambalinas; y su capataz será el más feliz de los mortales, no sólo porque ha sido guía de la Madre divina, sino también por haber compartido horas de dialogo y miradas, de pedirle y agradecerle, de sentirse tan cerca de Ella como la orquídea que palidece en las jarritas del frontal, como el puñal que se clava en su pecho bendito, como la corona que proclama su grandeza.


¡Quién fuera tu capataz,
guía de fe para una Reina!
Poderte despacio hablar,
llevarte hasta las estrellas
y con voz clara mandar:
¡Vamos al cielo con Ella!
Que suerte poder mirar
tus ojos llenos de pena
cuando tras la "levantá",
entre varales cimbreas
la hermosura de tu faz
y tu alma de amores plena.
Alcuzas de fe y de paz,
tus manos son medianeras
de esa gracia virginal
que, paloma volandera,
derramas por la ciudad
cada nueva primavera.
¡Quién fuera tu capataz
y bajo la luna bella
dejar un beso fugaz
en esa cara morena,
y así poder consolar
tu Amargura cordobesa!
¡Quién fuera tu capataz
en la misma Gloria eterna:
una cuadrilla de ángeles,
las bambalinas de estrellas
y con voz clara mandar:
voy hasta el cielo con Ella!


    Atentos. La emoción va a alcanzar su cumbre. Ya llega su paso. Dios con nosotros Rescatado de Córdoba. Ya está frente al azulejo de su iglesia. Lloran hombres, mujeres, niños. Surcan las saetas las densas nubes del incienso. Desde el patio de los naranjos se ha escapado un aroma de azahares. Los luceros se asoman a las barandas del cielo; himno nacional. Y una voz que grita: no os lo llevéis todavía; dejadlo algo más con nosotros. Pero todo tiene su fin. Y también ha de llegar a esta estación de penitencia imaginaria que quien hoy tuvo el honor de ser su pregonero pergeñó una noche de noviembre, para conmemorar el cincuentenario fundacional de su Cofradía. En el intento, el que os habló puso su cariño y sus más cofrades sentimientos, la llama de la fe y el anhelo de la esperanza; quiso durante estos minutos introducirse en vuestra piel y vuestro corazón, sentir lo que sentís, vibrar cuando vibráis y ser capaz de haceros vibrar conmigo, gracias a vuestro amor por Rescatado y Amargura,  Ya estamos cercanos al punto que debe ser final, a ese "he dicho" que pone colofón a todo pregón cofrade. Este es el instante de compartir con vosotros vuestro gozo, de ser inmerecido portavoz de todos los cofrades cordobeses para felicitaros en esta efeméride que ha de ser punto de reflexión y nuevo impulso, en el que nunca os ha de faltar el apoyo de ese Jesús Rescatado, y ya restaurado, que es la mejor garantía de futuro. Que mis sencillos versos condensen, ¡qué atrevimiento!, el sentir de toda
Córdoba. Yo tampoco quiero que entre. Yo también lo deseo siempre con nosotros. Mas bien sabemos que El no vive sólo en su capilla. Está en el interior de los que nos rodean, en nuestros hogares, en nuestro trabajo, en las aceras, y calles de la ciudad, en el corazón de todos los hombres, en el alma eterna de la Córdoba milenaria, que siempre tendrá un altar en el que rezarle al Rescatado.


Silencio, guardad silencio,
que va a pasar el Señor.
Nazareno Rescatado,
sendero y cauce de amor.
Que guarde silencio el viento,
que calle el pueblo su voz,
que no hable por un momento
ni la cera ni la flor.
Silencio, guardad silencio,
porque viene andando Dios.
Con velo negro de duelo
vestirá la luna al sol;
llora su pena el lucero,
gime su angustia el balcón,
el Marrubial se desangra
y esta noche de pasión
todo se convierte en llanto
porque está pasando Dios,
Nazareno, Rescatado
y de Córdoba Señor.
Silencio, guardad silencio,
que está muriendo el amor.

                                                                                
He dicho.
 

Pronunciado por D. Antonio Capdevila Gómez
(15 Noviembre 1991)


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